miércoles, 23 de junio de 2010

El "taller" del Concilio Vaticano II


Alberigo, Giuseppe (a cura di), L’«officina Bolognese» (1953-2003), EDB, Bologna 2004, 248 pp, 14 x 21,5 cm (Carthaginensia 23 (2007) 551-552).

Con motivo del cincuentenario de la fundación del Centro de documentación – Instituto para la ciencia religiosa, de la mano de Giuseppe Dossetti (bien conocido por ser uno de los padres de la Italia postfascista e impulsor del Concilio Vaticano II), y la Fundación Juan XXIII, se ha editado este volumen especial de L’«officina Bolognese» (El taller de Bolonia), que ejerce de órgano de expresión e investigación de dicho centro. Con la edición cuidadosa y excelente de Giuseppe Alberigo (tristemente fallecido el 15 de junio de 2007), se conmemora tal efeméride, gozosa siempre en el ámbito editorial de la reflexión teológica, máxime cuando se trata de un centro nacido al calor del movimiento que el Espíritu estaba agitando en toda la Iglesia y que fructificaría con la elección papal de Roncalli y la convocatoria de aquel gran signo de los tiempos en la Iglesia: el Concilio Vaticano II.

Este centro no ha dejado de dar feraces frutos en los distintos campos de su actividad. En primer lugar, es de destacar la publicación de las actas conciliares y de una magna Historia del Concilio Vaticano II en cinco volúmenes desde 1995 hasta 2001. También se ha encargado de la redacción de la causa de beatificación del papa Juan XXIII, cuya memoria está siempre en el origen de todos los esfuerzos reformadores de los que participan en este proyecto. No menos importante es el nacimiento de una revista que, bajo la dirección de Alberigo, Cristianesimo nella storia, viene sirviendo de expresión a las ideas nacidas en el Concilio. Por otro lado, su labor en pro de la reflexión y profundización en el espíritu conciliar le ha empujado a mantener una actitud de sana crítica con las lecturas menos afortunadas de aquel gran evento, reforzando así la eclesialidad de su misión y su servicio al magisterio, como fue el caso de su análisis crítico del proyecto de Lex Ecclesiae Fundamentalis. También ha manifestado su interés por una reforma del ejercicio del gobierno eclesial, mediante fórmulas más colegiales, como fue la intención del Concilio.

El volumen consta de tres partes bien diferenciadas. En la primera se recogen los saludos y reflexiones sobre el acontecimiento, a cargo de los que han tenido alguna responsabilidad en él y de figuras como el presidente de la comisión europea entonces, Romano Prodi. La segunda parte la compone una cronología amplia (31-76) donde se recogen los periodos en que se dividen estos cincuenta años, desde la iniciativa e implantación (1953-1957), hasta el último proyecto en el que está embarcado el centro: Conciliaridad y Sinodalidad (2001-), añadiéndose ilustraciones fotográficas del centro, los eventos y sus participantes. La tercera parte consta de diecisiete documentos que conforman el grueso del volumen y sirven para ejemplificar la labor elaborada durante estos cincuenta años y las aperturas que el centro proyecta para los próximos años. El volumen se cierra con la relación de las publicaciones realizadas por los participantes en el centro o promovidas por el mismo.

Los diecisiete textos recogidos en la tercera parte poseen un gran valor histórico, por ser testimonios de primera mano de los pródromos del kairós conciliar, nacidos de la misma mano de los que tendrían alguna intervención en el Concilio. Resulta interesante la lectura de un texto de otoño de 1958, en el que Alberigo hace una prospectiva del Centro y afirma la necesidad que tiene de «encontrar un modo de ser que exprese a un tiempo de manera armoniosa y orgánica la fidelidad al Evangelio a la Iglesia y el empeño de participación en la expansión y el crecimiento de la sociedad humana» (145). En estas palabras, tan precisas, se encuentra resumido el proyecto de aggiornamento que moverá en todo momento a Giovanni Roncalli en su ímpetu renovador. Otro texto, esta vez de Dossetti al card. Lercaro (163-169) nos revela en empeño puesto en que el famoso schema De Ecclesia, saliera adelante. Se nombran todos los cardenales, también Montini, que tuvieron algo que ver en él y se nota el vigor y el empuje puesto al servicio del Espíritu con el fin de ayudar a que su voluntad se hiciera. Un tercer documento, por no extendernos mucho, es de agosto de 1978: Para una renovación del servicio papal en la Iglesia en el fin del siglo XX (199-213), del que no se especifica autor pero que parece ser de Alberigo, muestra la necesidad de que el papa electo tras el conclave reunido a la muerte de Pablo VI, debe dar una clara muestra de recoger las intenciones del Concilio e impulsar su puesta en marcha. Para llevar a cabo esta tarea deberá tener en cuenta: el anuncio del Evangelio a los pobres, los signos de los tiempos, ser obispo de la iglesia de Dios en Roma y ser ministro de comunión. Este plan de actuación para los primeros cien días deberá ser un signo de reconciliación y esperanza. Cumplido así, la institución petrina podrá dar una nueva imagen a la presente generación, para ella «la prueba de la perennidad del papado consistirá, sobre todo, en asistir a su capacidad de renovación y de veracidad, y no en su inmutabilidad, como fue en otros tiempos» (212). Estos tres textos que hemos espigado, siguen gozando de una urgente actualidad, a pesar de haber entrado ya en el siglo XXI. Estamos convencidos de la apremiante necesidad de estas reflexiones para la Iglesia y, sobre todo, para la forma de ejercer el servicio al mundo.

Saludamos estos cincuenta años del Centro y de la Fundación Juan XXIII y esperamos celebrar el centenario recordando, de nuevo, el vigor del Espíritu Santo que sopla donde quiere y empuja la barca de Pedro, rumbo al Reino de Dios guiado por el Evangelio de Jesús.

Bernardo Pérez Andreo

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